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viernes, 1 de diciembre de 2017

DOMINGO 1 DE ADVIENTO. CICLO B


Caminando por la capa de la Tierra voy tomando conciencia del mal, que, de forma transversal, traspasa y atraviesa a la humanidad y a las estructuras que esta genera. La experiencia resulta ser como la del profeta Isaías 63: "Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento."
Aunque pretendamos ser optimistas y esperanzados sobre el futuro de la humanidad, no dejamos de tener ojos ni sensibilidad al mirar el dolor y la corrupción existentes. Vemos el sufrimiento humano, impreso de forma brutal en la mayoría de nuestros rostros, ansiedades y ademanes, y lo sentimos de modo desproporcionado y salvaje en el mundo pluriforme de los pobres y los violentados.
En este clima, muchas victimas inocentes, hombres y mujeres de buena voluntad, y la mayoría de los pobres buscan la protección del cielo. Y se debaten entre las distintas opciones religiosas que se les ofrecen. Promesas de salvación con tonos profundos, con ecos de autenticidad, y en ocasiones con argucias y gestos manipuladores. Y también otros muchos, como consecuencia del estado de confusión en el que vive la Tierra, entran en crisis y desconectan del contacto con el rostro providente y misericordioso de Dios, que parece habérseles escurrido de sus mentes y de su percepción.
Y experimentamos juntos, cada uno como uno más, que el hombre sin referencia a la misericordia de Dios, como dice el Papa Francisco, corre el riesgo de quedar sometido a la contradictoria y, a veces, cruel soledad de sus criterios, cuando no de sus corrupciones y arbitrariedades: "Nadie, dice Isaías, invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa."
"Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano." ¡Qué luz la del profeta! Esta es la maravillosa experiencia que también a ti y a mí, pobres pecadores como todos, aún se nos da a conocer y a compartir. Como Isaías también nosotros, humildemente, profesamos desde el corazón que Tú eres nuestro Padre, que somos obra de tus manos, que Tú eres el Alfarero, que nosotros somos barro moldeable en tus manos. Y esta profesión de fe del profeta, misteriosamente, al hacerla nuestra, nos desvela el secreto de nuestra pobreza y decadencia: ¡Somos barro! Pero, a su vez, la misma Providencia nos envuelve en el manto de amor en el que hemos sido creados y en el que seguimos siendo protegidos, orientados y cuidados. Y, de ese modo, recuperamos la nueva conciencia que manifiesta hoy, primer domingo de Adviento, el salmo 79: "Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti; danos vida, para que invoquemos tu nombre."
El Adviento de 2017 es la oportunidad que nos ofrece la liturgia de la Iglesia para prepararnos a un nuevo renacer, para recomenzar la aventura de creer. Dios nos llama a participar de la vida nueva de Cristo, y de la feliz aventura de la fe en Él y con Él. Sabemos que Dios es fiel y espera el desarrollo de los dones que ha puesto en ti y en mí para el bien de todos. 1 Corintios 1: "De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!"
La vida, desborda dones maravillosos para todos. Y nos hace partícipes de progresos y avances increíbles, como escribir esta homilía en un móvil y mandarla al mundo por Internet, o hacer posible que un simple como yo pueda, a través de aviones, barcos y acogidas de hermanos humildes, llegar hasta Cucuí, en lo profundo de la Amazonía, en el ancho y cálido Río Negro, en la misma frontera de Colombia, Venezuela y Brasil.
A la vez que vemos como cunde el mal, experimentamos el bien como el equilibrio necesario para que la Tierra y sus habitantes sigamos vivos y abiertos a la fraternidad y la hermosura del Reino prometido por Dios. Bien sabemos que ese bien lo hacemos posible con el desarrollo de cada pequeño don, tuyo y mío. Nacido de cada hombre frágil y amoroso. Lo veo crecer estos días en la Amazonía, entre los indígenas y entre tantas gentes de bien. El mismo Papa, preocupado por el crecimiento de la corrupción en el gran pulmón del planeta que es esta región, ha convocado un Sínodo Extraordinario de Obispos para octubre del 2019 sobre la Amazonía. Hemos de poner a rodar el bien cada día. Sólo así, a base de pocos, crecerá lo constructivo, lo que conduce a la paz y a la justicia, lo que despertará a nuestras comunidades cristianas, dormidas en sus laureles.
Despierta, hermano. Pon a circular el don o los dones que Dios ha puesto en tu vida. Entre muchos pocos haremos posible el Reino de Dios. Siempre de su mano. Siempre bajo su Providencia. Seguro que tú tienes algo importante, escondido dentro de ti, para tus hermanos. Busca el modo de desarrollarlo. Esa es la condición que te pone el Señor. Es así de sencillo. Y eso es lo que Él quiere. Con sus palabras comenzamos el Adviento,: "Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!"
Velar es orar y es desarrollar lo mejor de ti y de mí. Y hacer muy bien lo que te toca hacer por los demás. En primer lugar tu propio trabajo, ya seas panadero, conductor, electricista o informático. Y no te olvides de ese otro bien escondido, y quizá no desarrollado: tu don, tu carisma. ¡Despierta! Transforma este mundo. Haz que sea lo que Dios sueña. Y no lo que ansía el egoísmo de algunos, que si no ponemos remedio, será el deterioro de todos. Lo hemos vivido en el atentado del Sinaí la pasada semana. Y lo vivimos cada día en tantos atentados diarios contra la Tierra y sus habitantes, contra los indígenas y los pobres.
Antonio García Rubio. Vicario parroquial de San Blas. Madrid.

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