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viernes, 15 de diciembre de 2017

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO


"Ven compañero, vamos a alzar el vuelo. Caminemos siempre juntos el lugar que nos hicieron para vivir. Tenemos mucho por andar y tanto por cambiar desde hoy". Lo decía con gran pasión y entusiasmo un canto que enardecía mi juventud.
En un alarde de imaginación, que espero a nadie moleste, pues es un mero recurso literario, he contemplado a Jesús y a Juan el Bautista, los hijos de las primas, María e Isabel, cuando aún eran unos jovenzuelos, subiendo a Jerusalén con sus padres y sus familias para las fiestas. Se encontraban los dos juntos, escuchando en el Templo la cita del profeta Isaías 61: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor."
He imaginado a Jesús en un cruce de miradas de suma discreción con el hijo de Isabel. Como pretendiendo que comprendiera con su sola mirada la trascendencia del texto que escuchaban. Un texto clave para entender la misión y la vocación mesiánica de Jesús y para comprender el sentido de la vida del Precursor. Aún habrían de esperar la llegada del día señalado. Mientras tanto, los primos, amigos y compañeros, se preparan secretamente para el día en el que habrán de levantar el vuelo propio para el que habían sido elegidos, y, a su vez, el vuelo de la historia de historias de la humanidad, de la Historia de la Salvación. Jesús y Juan son dos jóvenes llenos de gracia, de luz, de pasión, y del entusiasmo del Padre Dios. Esa pasión y ese entusiasmo que no han de faltarles hoy a nuestros jóvenes cristianos. Pues ellos van a ser los artífices de la misma misión de Jesús, que les corresponderá realizar en este momento crítico de la historia presente.
Juan y Jesús son conscientes, como lo eran sus madres, de la decisión de Dios de hacerse presente en la historia, evitando protagonismos estériles, y participando, sin echarse atrás, del amargo cáliz y de la ingrata crueldad de la humanidad. Y, sin embargo, como sus madres, ambos, desde la etapa de su formación, caminaban atentos y pletóricos de alegría, sabiéndose los artífices de la libertad y de la salvación de la que eran portadores para su pueblo: Lucas 1: "Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava." Llevan la alegría de sus madres, de los humildes que tienen afianzada su vida en Dios.
Y así, todo va a cambiar. Uno y otro asumen sin voluntarismo la voluntad de Dios. Uno y otro ponen sus vidas al servicio del plan de amor de Dios sobre el mundo sin quejas egoístas, y mediante una entrega radical de sus personas. El mejor de los hijos nacidos de mujer y el Hijo Amado del Padre, se prestan entusiastas a la decisión liberadora y amorosa de Dios sobre los hombres. Y lo hacen mediante la ofrenda y la entrega valiente y total de sus vidas, sin ahorrar ni retener nada para sí, y con una humildad sin fisuras.
Os escribo a vosotros, jóvenes cristianos, en esta tercera semana del Adviento, Para indicaros que en Juan y Jesús tenéis, tenemos todos,  el ejemplo y el impulso a seguir. Ellos fueron los compañeros del canto inicial que levantaron de una vez, y para siempre, el vuelo de la historia; los que cambiaron el rumbo y el ritmo de la misma. Os escribo a vosotros, jóvenes, para que os dejéis ganar y arrastrar por ellos. Para que sigáis sus pasos. Para que entréis a ser discípulos de Jesús. Unid vuestra vida a la suya, vuestro vuelo a su vuelo, vuestra amistad a la suya. Uníos a su pasión por el Padre y por la humanidad. Dejaos envolver por su entusiasmo, por su voluntad espiritual de darlo todo por el hombre roto y sin norte, que está atraviesa horas cruciales, mares revueltos, noches oscuras. Sois pocos. Somos pocos. Jesús y Juan, para empezar, eran sólo dos. Desde el vientre materno estaban llenos de Espíritu Santo. Por eso se crecieron ante la adversidad y no dudaron en ofrecer sus vidas, hasta ser violentamente asesinados en plena juventud.
Os escribo a vosotros, jóvenes, y a nosotros, adultos, a todos, porque todos estamos llamados en este momento de la historia de la humanidad a ser los nuevos precursores del Hijo, y también a ser la presencia viva del mismo Señor en nuestros ambientes. Alzad, pues, en este Adviento, el vuelo. El mundo necesita jóvenes que levanten su ánimo, que le ayuden a recuperar la esperanza. Millones de pobres necesitan vuestras manos y vuestra inteligencia para levantar su vuelo con dignidad. No les defraudéis. Y permaneced siempre humildes y alegres. 1 Tesalonicenses 1: "Hermanos: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad."
Mira como levanta su vuelo el Bautista. Juan 1: "Yo soy la voz que grita en el desierto: 'Allanad el camino del Señor'. 'Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia'." Juan te refiere a Jesús, el gran patrimonio de la humanidad. Él está hoy viniendo de nuevo a tu vida desangelada y caprichosa. Amigo joven, déjate encontrar por Él, y conviértete. Y del mismo modo también tú, que ya peinas tus canas. Y alegra esa cara, que es el mismo Jesús el que está llegando a tu vida.
Antonio García Rubio. Vicario parroquial de San Blas. Madrid.

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