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viernes, 17 de agosto de 2018

DOMINGO XX TIEMPO ORDINARIO



Cuánta conciencia dormida o entontecida hemos de despertar en nosotros, cristianos, para darnos cuenta de cómo hemos amordazado o manipulado a Dios, hasta convertirlo en un dios menor conformado y amoldado a nuestras pequeñeces, ridiculeces o enfermedades mentales. Cuánta fuerza hemos robado a la Palabra de Dios, hasta convertirla, como una más entre nuestras palabras, en una nadería, en un mensaje manoseado sin escrúpulos, que dice poco a nuestros contemporáneos. "Estamos atontados o anquilosados por generaciones enteras de catecismo y de costumbres", decía Charles Péguy.
Hablemos de Dios. Nosotros decimos que estamos habitados por el Amor de un Dios Trinitario, y que vivimos en Él y para Él. Pero, nos es difícil encontrar a Dios, creer en Él, aceptarlo y convertir su ser en una vivencia profunda. Desde la fe menuda, y a pesar de las dificultades de comprensión, es, sin embargo, apasionante, que nosotros, simples seres humanos, seamos habitación, cuarto, alcoba, o templo donde vive, mora o cohabita el Dios del Universo; y, para colmo, que, también, vivamos por Él y seamos su presencia y alimento en el mundo. Juan 6: "El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí."
Isabel lanzó un grito: "¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?" Y nosotros lo lanzamos aún mayor: ¿Quiénes somos nosotros, adormilados y manipuladores de lo divino, para ser templos y morada del Espíritu Santo? ¿Qué somos nosotros para ser visitados, habitados y amados de manera tan auténtica, y para estar tan unidos, y tan en comunión con Él? ¿Quiénes somos para ser su presencia o para ser ofrecidos como alimento a los otros?
Probablemente te parezca que ni avanzamos ni se consigue nada. Muchos sienten un gran vacío ante el misterio de Dios, y se sienten cuestionados y poco animados ante los pecados de una parte del clero, cuando esta semana nos hemos vuelto a ver sacudidos, o ante el desánimo de tantos bautizados. Sin embargo, volvamos de nuevo, en medio de la noche y la zozobra, a buscar la secreta experiencia de confiar y sabernos unidos al Padre y los hermanos. No olvides que somos hijos amados y que formamos parte del increíble Misterio del Amor de Dios. Y esto, que es revolucionario, es el fundamento de la fe. "El que me come vivirá por mí".
Esta unidad te ayudará a vivir la eucaristía. No te pierdas lo esencial. No te quedes en lo anecdótico, ni en la norma litúrgica, ni en las actitudes o pecados de los que celebran. Que el barro sucio con el que puedas convivir en la historia no te predisponga a hacer de Dios un ser manipulable, manejable, objeto de tus intereses o tus decepciones. Ni te olvides de Él. Ni le apartes de tu vida. Ni le reduzcas a un dios menor, a un ídolo o a un objeto de olvido.
No reduzcas la eucaristía a un acto formal o social. No pongas la fe, el don más sagrado, aunque esté surcado de dudas o desesperanzas, en manos de los elefantes que la arrasan. Proverbios 9, asegura: "Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia." Sólo si nos constituimos en  hombres de fe valiente, en creyentes prudentes, con experiencia en el conocimiento del Misterio de Dios, comprenderemos lo que la Iglesia se juega cada día en la vida y cada domingo en la misa.
Efesios 5: "Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere. No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu." Hay un pan y un vino que ni engordan ni emborrachan. Son servidos por el Espíritu Santo, pero necesitan, para ser eficaces, de tu libertad y tu conciencia. Es así como se abandona el aturdimiento y se hace posible nuestra conversión y la transformación del mundo en Reino de Dios. 
Abandona los ídolos del entontecimiento y la superficialidad. Un mundo nuevo está naciendo. No manipulemos el sacramento del encuentro fraternal, que nos permite contemplar la belleza, la bondad y la verdad de Dios, y la del hombre, habitado por su amor. Desde ahí, los sin rostro, los rostros heridos y sucios, los de rostros enemigos, y el resto de los rostros humanos te pintarán el corazón de hermanos y te despertarán. El Salmo 33 nos acerca a la práctica humilde y constante que nos abre el camino de los habitados en su consciencia por el Amor del Dios vivo y verdadero. Toma buena nota para esta semana: "Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella." Ahí se encuentra el camino para reencontrarte con el oculto y desconcertante Misterio de Dios. No lo empequeñezcas. Corre tras Él, siléncialo y compártelo. 

Antonio García Rubio.

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