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viernes, 1 de febrero de 2019

IV DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


Me he preguntado muchas veces porqué  se cumple tan plenamente en Jesús esta palabra dirigida a Jeremías: "Mira: yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce." Y me lo pregunto, porque veo una multitud de personas sufrientes, oprimidas, que viven en la pura humildad de corazón y en la pobreza económica severa, muchos de ellos alejados de la fe por mil razones diferentes, pero que, indistintamente de cuál sea su Iglesia o sin Iglesia, en lo secreto de su corazón tienen a Jesús como su fortaleza, su columna y su muralla. En Él, y sólo en Él, se sienten seguros y orientados, aunque no se lo digan ni comuniquen a casi nadie. Lo que no hallan en ningún otro ser humano del mundo, vivo o muerto, lo encuentran en Jesús, que sigue bullendo y dando ánimo y consuelo a sus corazones.
La experiencia de saberse en contacto con Dios, y de recibir de Él pequeñas misiones de amor y solidaridad en la vida, algunas veces se exterioriza o institucionaliza, y otras muchas se queda sellada en lo más íntimo del ser. Esa experiencia conduce secretamente la inteligencia, la voluntad, la sensibilidad, el sentido ético, el comportamiento y la interrelación amorosa con los depauperados, y las decisiones y las relaciones fraternas entre los creyentes.
Mirad al profeta narrando su llamada. Jeremías 1: "Antes de formarte en el vientre, te escogí, antes de que salieras del seno materno, te consagré: Te nombré profeta. Tú ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos." ¿Qué propone? ¿De qué habla? De la atención y la escucha de Dios; de su elección amorosa, incluso antes de nacer; de la sensibilidad de los pequeños para comprender su llamada; de la consagración de la vida a la tarea o a la misión que Él propone y de la decisión para realizar lo escuchado; de la realización y la proclamación de lo sugerido; y de la sabiduría y la libertad que da el no-temer. ¿Has sentido alguna vez algo parecido, aunque sea con mínima intensidad, en algún momento de tu vida? Por ahí entrarás en contacto con la fuerza misteriosa del amor de Dios. Él te puede llamar en cualquier momento.
Te aparece una presencia que crece y se manifiesta como la fortaleza esperada y pedida en el Salmo 70: "Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú, Dios mío." La experiencia de la acción del mal en nosotros, que ahonda las heridas y muestra sus cicatrices en nuestro cuerpo y nuestro ser, nos hace suplicar con el salmista: "Líbrame de la mano perversa". Líbranos de la mano escondida y sibilina que hiere profundamente a los niños abortados o prostituidos, a los obreros explotados y mal pagados, a los parados ignorados o excluidos, a los ancianos solos o abandonados, a los refugiados heridos y a los que sucumben o mueren en mares y fronteras, a las mujeres víctimas de la trata, a los violentados y asesinados por un poder corrupto, a las buenas gentes que sufren atemorizadas, sin visos de esperanza, y a los jóvenes sin un futuro prometedor.
Ahí, siempre que no hagas de tu llamada de fe una deriva espiritualista o ritualista sin suelo, te aparecerá la vena profética del cristiano, la que te conduce a un amor apasionado por la verdad, a una ligazón de tu vida con las causas nobles y justas, a una sensibilidad con los heridos y sufrientes, y a una entrega sin miedos y sin cortapisas, como hizo Cristo. Lucas 4: "Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra... Todos se pusieron furiosos y lo empujaron con intención de despeñarlo." La misión profética y la entrega de Cristo, unidas a tu vocación y unción bautismal por el Espíritu, te hacen comprender, con san Pablo, al texto más bello sobre el amor de nuestra tradición cristiana. 1 Corintios 13.
Ciertamente este texto es increíble, y posee una fuerza desconocida. Quizás lo hemos utilizado en exceso en demasiadas bodas. Y no es un texto para adornar, enmarcar o admirar. No lo es. Y, sí lo es para degustarlo y mascullarlo cada día, pues refiere al todo y a cada parte. Sus palabras iluminan cada momento, cada experiencia, cada encuentro, cada gesto y cada una de tus oraciones. Es un texto que te aclara y fortalece; que no te dejará indiferente y cada una de sus palabras iluminará lo que vives en cada una de tus relaciones: El amor te lleva a comprender y servir; te aleja de envidiar, de presumir, de engreírte; de ser mal educado o egoísta; de irritarte; de llevar cuentas del mal; o de alegrarte de la injusticia; y te conduce por un camino que te hará gozar con la verdad; disculpar, creer, esperar y aguantar sin límites. Así, “el amor no pasará nunca.”
Estará en tu corazón, porque el amor es de Dios y es el mismo Dios. Y si tienes vivo a Dios en tu interior, si cultivas esta experiencia de amor, y si estás apasionado, convencido y entusiasmado, colabora con tus amigos y hermanos, y ayúdales a acercarse con gozosa humildad al umbral de una posible comprensión del Misterio de Dios. El tiempo es desabrido, y no es tarea sencilla, aunque en verdad lo es. Pero, para ello, has de desapegarte y alejarte de lo que no es. Y lo que les sugieras, hazlo mediante un silencio hondo y sentido, con gestos solidarios y comprometidos, con un toque auténtico y contemplativo, con palabras sinceras, y con una vida cotidiana humilde, austera y digna del nombre de Cristo.
Antonio García Rubio.

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