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viernes, 10 de mayo de 2019

IV DOMINGO DE PASCUA

Salmo 99: "Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño." Algunos dicen que en la Iglesia siempre andamos a vueltas con las ovejas. Muchos bautizados se cansan, a pesar de las apelaciones del Papa Francisco a la sinodalidad y a la participación de todo el Pueblo de Dios en el diario vivir y convivir de la Iglesia, al no observar cambios significativos en el modo de convivencia eclesial, que sigue dividiendo radicalmente a la comunidad cristiana entre pastores y ovejas, como consecuencia de un clericalismo ejercido de diversas maneras. A veces, mediante unos pastores autoritarios, carentes de sensibilidad hacia los diferentes, los inquietos, los pequeños, los que poco cuentan o el resto del rebaño que no tiene arte ni parte en la humilde decisión sobre la vida de nuestras comunidades.
Sin embargo, nuestra cultura, que pretende ser cada día más participativa y decisoria, aumenta el drama de aquellos cristianos que sienten tener que participar en unas comunidades eclesiales divididas y delimitadas por el hecho de que unos son pastores, y la mayoría son ovejas; unos por encima de otros. Eso lleva a muchos a considerarse 'ovejas mudas' que sólo han de obedecer y costear los gastos del rebaño; lo que les aburre, aparta o les hace marcharse. Son experiencias duras que,  entre otras causas, colaboran a vaciar las Iglesias de jóvenes y familias. Y es legítimo que nos preguntemos por el modo de poner  fin a ese clericalismo de unos u otros, meditando con buen corazón, y aportando salidas evangélicas y coherentes para todos.
Apocalipsis 7, el gran libro de esperanza para cristianos en serios apuros, como nosotros, ofrece caminos: "Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos." Dentro de la gran metáfora del Pastor y el rebaño de ovejas, el Apocalipsis nos habla del Pastor convertido en Cordero, en el último cordero del rebaño. Y, curiosamente, es este último y sufriente Cordero el que nos conduce a las fuentes de aguas vivas. Con Él, Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos. Él, que no está situado por encima de los demás, es el que trae la Salvación. Es el Pastor convertido en el más despreciado cordero, en el servidor coherente y humilde. Ese Cordero, que como tal se manifiesta en la Cruz, es la llave para entender, del modo más fructífero y verdadero, el santo Evangelio, y a su Iglesia. Ofrezcamos lo mejor de nuestra fe, para que el sentido sacrificial y último del Cordero no desparezca de nuestra vida comunitaria. Cuidemos una conciencia iluminada por el Cordero para que a algunos corderillos no nos suba el poder mundano a la cabeza. No valoremos a los pastores se elevan dominando por encima de los demás. Y que el desequilibrio no deseado por el Buen Pastor no se dé entre nosotros. Su voz lo reclama: "Entre vosotros no ha de ser así". Eso lo hacen los poderosos de los pueblos.
La Iglesia necesita como siempre pastores que se inmolen y entreguen, que sirvan y sufran por su pueblo, con humildad y sencillez, que renuncien al ejercicio de poderes mundanos. Necesita pastores y ovejas, todos lo somos, que aprendan a vivir íntimamente unidos a sus comunidades. Todos a la misma altura, en torno a la misma mesa, como los que sirven. Es la misión propuesta por "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo." Escúchale, hermano, síguele, imítale, obedécele y ayuda para que, ‘por Él, con Él y en Él’, crezca una comunidad de hermanos que haga posible esa Iglesia sinodal que confíe en los bautizados, ponga en práctica su participación responsable, y les dé voz y capacidad de actuación en su misión evangelizadora. Una Iglesia que tenga disponibles los corazones vivos y las manos activas de todos los discípulos del Resucitado.
Dios mismo, a través del sacramento esencial de la fe cristiana, el bautismo, nos ha constituido en un pueblo sacerdotal, profético y real, en luz y sal que iluminen y sazonen la tierra entera. La misión de la Iglesia es de tal envergadura en el momento presente, que precisa de todos sus hijos, y de sus dones y carismas. Así haremos presente la verdadera fe, la alegría y la alabanza. Hechos 13: "Así nos lo ha mandado el Señor: 'Yo te haré luz de los gentiles, para que seas la salvación hasta el extremo de la tierra.' Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron mucho y alababan la Palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna, creyeron."
Hay una íntima unión entre Cristo y cada uno de nosotros, y contigo, bautizado. Esa comunión es el don más sagrado, el misterio más hermoso. Nos une a la Trinidad y al Cuerpo que somos, Iglesia santa y pecadora. Esa comunión es el camino a recorrer para que otros crean en el Resucitado, al que celebramos en la cincuentena pascual. Todos estamos invitados a la Comunión. Juan 10: "Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno." No estropees este misterio de Comunión, ni por tu pasividad en la oración o en tarea evangelizadora, ni por tu uso desmedido de un pequeño poder en tu comunidad. Abandona  y aleja del Cuerpo, si los tienes, los comportamientos pasivos, clericales o mundanos. Andamos en tiempos de profunda renovación y sanación, y animados a una más activa participación de todos en la misión de Cristo Resucitado. Así nos lo pide reiteradamente el Papa Francisco. Poniéndolo en práctica haremos más creíble la imagen del buen Cordero y Pastor, y de su Rebaño.
Antonio García Rubio.

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