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viernes, 1 de noviembre de 2019

DOMINGO XXXI TIEMPO ORDINARIO


El odio entre los seres humanos es un hecho llamativo. Cuando las relaciones humanas se tuercen, nuestra incapacidad para perdonar se impone y no parece afectarnos especialmente. ¿Hasta dónde se adentran las heridas del alma?, ¿hasta qué raíces esenciales pueden llegar? Constatarlo, nos alerta de que muchos, que han probado las delicias mortales del odio, se encuentran cómodos y seguros en ellas, donde se han afianzado y hecho fuertes. 

Este grave empecinamiento en el mal lleva a muchos a mantenerse en él por generaciones y generaciones. El odio es uno de los ropajes más viejos y significativos, en el que se envuelve la parte peor de nuestro ego personal y social. Así, vemos crecer a individuos y organizaciones, también de orden político y religioso, que se aferran a odios añejos y secretos, que dividen injusta y dramáticamente la sociedad entre buenos y malos. Los que se fundamentan en un odio ideológico empecinado e irracional a los diferentes, o a los que declaran como sus enemigos, se creen siempre los ‘buenos’, y tapan y justifican así ese, su gran pecado escondido. Hablamos del odio como lo contrario al amor de Cristo, al amor mutuo al que se sienten atraídos millones de seres humanos que buscan el bien común; son 'los santos de la puerta de al lado', de los que habla el Papa Francisco.

Los que generan odio aparecen siempre, como las setas en otoño, propiciados por el discurso violento de uno y otro signo, o por las heridas y enfermedades del alma, tanto personales como sociales, que se oxidan y avejentan de no ser curadas. Tú, por el contrario, contempla el fundamento bíblico del mandato del amor, que nace de las entrañas de nuestro Padre Dios, y que hoy te transmite, con sensata sobriedad, el Libro de la Sabiduría 11: "Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado." El odio es lo contrario al amor. No tiene cabida en el ser de Dios. Es imposible. Por lo tanto, el que odia no está en Dios y, de hecho, lo niega de modo radical; aunque reinvente para sus intereses la religión y la política como cobertura de lo que no es, de lo que Dios ni quiere ni ama. Dios ni ha odiado ni podrá odiar nunca la obra de sus manos. Sólo los hombres, desalmados y desgajados del amor de Dios, pueden mantenerse en semejante maldad.

'Sólo Dios es bueno', dice Jesús. Y el Salmo 144 nos lo recuerda de un modo bello y clarificador: "El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas." No sólo es objetivamente bueno, sino que también lo es afectiva y cariñosamente. No tiene mancha de mal. Y nos ama con tierno amor, para que nosotros, pobres pecadores, enamorados de su Amor, no nos dejemos arrastrar por el mal y el odio, que rompen y rasgan a las criaturas, y las ponen a los pies de los caballos de la guerra o de la mutua destrucción. Todos los pueblos, y el nuestro también, tienen sobradas y nefastas experiencias de lo que es el odio destructor entre hermanos. ¡Aléjate del odio!

2 Tesalonicenses 1: "Os rogamos a propósito de la última venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestro encuentro con él, que no perdáis fácilmente la cabeza ni os alarméis por supuestas revelaciones." En la misma onda podemos leer e interpretar, para convencer a nuestro empecinado corazón, esta recomendación de San Pablo, que nos orienta, ya en los últimos domingos del año litúrgico, hacia la venida de Nuestro Señor Jesucristo, y hacia nuestro encuentro con Él. No pierdas la cabeza, no te alarmes con las palabras gruesas de los que propician el odio. Mantén la calma y la paz.

Apasiona Jesucristo. Apasiónate por Él. Es Él el que con claridad contundente de vida, de gestos y de palabras, te revela con su Palabra y su Cruz, y te abre mediante su Espíritu, a la comprensión amorosa del secreto mejor guardado en el corazón del Dios Trinitario: el Amor que acabará mansamente con el odio, y triunfará hoy y siempre, por los siglos de los siglos.

Lucas 19: "Todos murmuraban diciendo: 'Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.' Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: 'Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.' Jesús le contestó: 'Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán.'"

Con Jesús llega la salvación a la casa de los pecadores consumidos por la culpa:

-          Llega a la casa de los bajitos y abajados por el pecado y la ansiedad, por la ambición y el odio a sus semejantes, a sus familiares, o a quienes antes fueron sus amigos.

-          Llega Jesús a una casa sumida en el odio y el desamor, dividida y fragmentada, que se olvidó de mirar al otro como a un hermano. Llega la salvación, la nueva libertad que renace en el amor de Dios, manifestado en la Cruz de Jesús.

-          Llega el Señor a una casa oscura, cerrada y egoísta, que sólo ve enemigos a quienes ignorar, robar, violentar, despreciar u odiar. Y con Jesús llega la luz y la conversión del odio en amor compasivo, nacido en el corazón del Padre común.

-          Llega Jesús a la casa del convertido Zaqueo. A tu casa. Hoy, tú eres Zaqueo. Su casa es la tuya. A tu casa llega la posibilidad de la conversión del odio en amor. Zaqueo y tú sois visitados por el Espíritu de Jesús. En Él se te da la posibilidad de volver a ser un hombre nuevo, liberado de todo rastro de odio.

-          Ora, respira, sábete liberado, amado, renacido. Y vuelve a abrazar con tus brazos, o secretamente en tu corazón, a quienes has podido terca y torpemente considerar tus enemigos.

Antonio García Rubio.

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