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viernes, 24 de enero de 2020

III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Hay una constatación secreta que descubres el día en el que te pones a caminar junto a los últimos, la gente 'normalita', los sencillos. Si te acercas a ellos para catequizarlos desde la altura o el poder, te encontrarás con silencios, huidas, acritud o desprecio. Pero, si te sitúas a su altura o, mejor aún, a su servicio, como sugiere Jesús, te encontrarás con corazones que se abren como nenúfares, y te permiten entrever las bellezas y certezas que esconden. Corazones que, tras dejar caer sus defensas, despegan de un silencio desconfiado, y narran historias llenas de sombras, de luz y de dolor. Es entonces cuando experimentas su trato de hermanos, y el regalo de su amistad. Y misteriosamente aparece esa verdad escondida en la Palabra de hoy: Isaías 8: "Al pueblo que habitaba tierra de sombras, una luz les brilló. Se gozan en tu presencia, porque quebrantaste la vara del opresor, y el yugo de su carga."

Junto a ellos te conviertes en testigo de eso inenarrable que hoy celebra la Iglesia en este flamante Domingo de la Palabra. Instituido por el Papa Francisco, pretende recordarnos que nuestra mirada ha de estar siempre orientada por la Palabra de Dios. Una Palabra que vive en el corazón de los humillados y los humildes. Y especialmente en su corazón. El Padre, como dice Jesús: 'Ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla. Así le ha parecido mejor.' Y eso lo ves, escuchas, percibes y gozas en un pueblo que, aún alejado de la praxis sacramental, contiene en sí, entre sus innumerables sufrimientos, las semillas del Verbo, las palabras secretas de Dios para ser comprendidas por la Iglesia y por la humanidad.

Acércate a los pequeños que está en el margen del sistema económico, y recupera eso que ellos llevan en sí para ti, para tu conversión; y lo llevan en vasijas de barro y entre miserias, en sus zarandeados y combativos corazones. Escucha a los sufrientes, a veces callados, a veces alborotados, para así interpretar sana, santa, justa y libremente la Palabra de Dios. A través de sus palabras, te llegan verdades como puños; verdades que despiertan y orientan tu vida hacia los textos sagrados recibidos en la Iglesia. De ese modo, partiendo de las pesadas cruces del pueblo, aprendes a interpretar la Escritura, el Evangelio, y a hacerla asequible para la escucha y la comprensión del resto de los hijos de Dios, y en comunión con ellos. Sólo cuando escuchas, oras y aprendes del que sufre, narra y cuenta sus vivencias de esperanza y de dolor, acumulados en lo secreto, puedes empezar a apreciar los toques apasionados de Dios a tu corazón y al de tu comunidad. Lo más santo, noble y bello lo pierdes, al alejarte del pueblo o situarte por encima de él. De ese modo, sólo encontrarás bloqueo y cerrazón.

La humanidad, por la que vivió y murió Jesús, posee las perlas secretas del amor del Padre Dios, las semillas de su Verbo y los alimentos de su Espíritu. La cosecha increíble de la gracia, que el Espíritu ha sembrado en el alma de la humanidad a partir de Pentecostés, es la que da salida definitiva a la novedad revelada por Jesús a la Samaritana: "Llega la hora, mujer, en la que los verdaderos adoradores, adorarán a Dios no en este monte ni en Jerusalén, sino en espíritu y en verdad." Un habitáculo nuevo y eterno se ha abierto y desvelado. Cada hombre y cada mujer son los nuevos templos de presencia y adoración de Dios. La petición del Salmo 26 fue escuchada: "Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida." Según la Palabra, ahora tú eres el templo. Ora y adora; escucha y ama.

1 Corintios 1: "Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: po­neos de acuerdo y no andéis divididos. Me he enterado que andáis divididos. ¿Está dividido Cristo?" El salmo le pedía a Dios. Y Pablo nos pide a los bautizados, que desde la conciencia de ser templos donde habita la Palabra y el poder del amor de Dios, nos mantengamos unidos y en comunión unos con otros. Todos somos y componemos el Cuerpo de Cristo. Y un cuerpo fraccionado y roto por personalismos, protagonismos, imposiciones, manipulaciones o noticias falsas, camina a su ruina. Acabamos el Octavario por la Unidad de los cristianos, sintiéndonos urgidos por la Palabra a: "Estar bien unidos con un mismo pensar y sentir". ¿Caminaremos ahora por el camino de la concordia, del corazón único e indiviso? ¿Nos experimentaremos como partícipes del Corazón de Cristo? Las legítimas y preciosas diferencias entre nosotros, bautizados, no pueden ser un obstáculo para la Comunión.

Mateo 4: "Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo":

1.- Ponte en camino, hermano.

2.- Entrelaza manos y corazones.

3.- Junto a tus hermanos, con alegría desbordante, entusiasmo sincero y llevado por el Espíritu y la Palabra, sirve al Evangelio.

4.- Escucha el corazón sufriente y revelador del pueblo de Dios.

5.- Medita, sosegada y diariamente, la Palabra.

6.- Participa en las tareas de la Iglesia, decidida a levantar a los esclavizados por las dependencias.

7.- Sana, como Jesús, las dolencias de los enfermos del cuerpo, de la mente, del espíritu.

8.- Proclama con fe la Palabra, para que despierte y espabile el oído cerrado, y el alma dormida; también los tuyos.

9.- Sitúate en este tiempo, que es de conversión, de salida, de peregrinación.

10.- Y regala a nuestro pueblo una Palabra auténtica y coherente, susurrada con amor y transparencia a sus oídos.

Antonio García Rubio.

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