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sábado, 16 de enero de 2021

II DOMINGO TIEMPO ORDINARIO


1 Samuel 3: "El Señor se presentó y le llamó como antes: ¡Samuel, Samuel! Él respondió: Habla, que tu siervo te escucha. Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse". Me encanta la naturalidad de este texto. Lo extraordinario no deja de ser natural. El artificio rompe lo sagrado. El maestro, Eli, conoce la naturalidad y la belleza de la llamada de Dios en medio de la noche, y prepara al niño Samuel para que acepte con naturalidad esa preciosa relación, de corazón a corazón, con el Señor. Y el niño lo integra en su vida con absoluta normalidad y naturalidad. Haz un esfuerzo y actualiza tu vida infantil y juvenil, envuelta en inocencia, y respira aquella sabrosa naturalidad de la llamada de Dios. Muchos, quizá, no la habrán sabido identificar, como le pasaba a Samuel. Es muy bueno tener un amigo o un maestro que te ayude a desvelar los secretos del amor simple y sencillo de Dios hacia ti.

Los seres humanos al llegar a mayores, si retroalimentamos nuestros fracasos, y los de la sociedad, cultura o religión podemos convertirnos en unos críticos amargos, que se refugian en sí, o en determinados grupúsculos, para acabar estando contra una parte del mundo y perdiendo la belleza e inocencia del primer amor, del primer encuentro. Nos hacemos áridos, cuando no salvajes, con todo lo recibido en los tiempos de la naturalidad y la inocencia. Juzgar al otro, y a cuantos hacemos culpables de todos los males, incluso a Dios, se convierte en la actividad fundamental de la vida. Ya no hay razonamiento, ya no hay mirada inocente, ya no caben las explicaciones. Su lugar lo ocupa nuestro ego herido, y condenamos sin conocer a fondo, como Dios conoce. Jesús llega a decir: “Qué fácil es ver la mota en el ojo ajeno, y no ver la viga en el tuyo". Qué fácil, diríamos nosotros, engañarte y engañar. Qué fácil encender una vela a Dios y otra al diablo. Qué fácil cargar sobre el otro y descargar tu conciencia del peso que lleva, sin darle ninguna solución auténtica.

Hemos de caminar imparables hacia la humildad que da el reconocerlo, reconocernos en nuestra fragilidad. Reconocer también la fragilidad y las mentiras de los otros. La humildad llega tras buscar cada día el rostro del otro y del Otro con discernimiento, con justicia, con misericordia y autenticidad de corazón. Y, ahí, permaneciendo en la escucha y en el servicio activo, mantente fiel a lo recibido en los instantes en los que has sido visitados por la inocencia. Recupera con urgencia silenciosa la inocencia esencial, y vuelve, desde ella a intentar ser como un niño, con la ayuda de Dios, de los pobres y los humillados, de tus hermanos.  "Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de mi Padre". El niño Samuel nos pone en la pista de una posible puerta de salida al laberinto humano. Ponte en actitud de escucha pura, transparente. Salmo 39: "Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito; me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios". Dios escucha, te escucha. Habla y te escucha. Has de confiar y esperar en Él, en medio de la gran noche que vivimos los seres humanos, heridos y apresados por una maquinaria de poder fantasioso, exagerada, opresiva y estresante. Has de perseverar con tus peticiones y con los gritos y peticiones de los pobres, ayudándoles a sobrevivir y a liberarse de una parte de la carga que los anula. El que persevera, acaba encontrándose con la gracia, con un cántico nuevo en su corazón y en sus labios, con himnos de alabanza y gratitud, con pensamientos y certezas del alma que le ofrecerán signos de una llamada renovada del amor y encaminada al amor..

Hemos de aprender de la fragilidad humana, la que se nos está dando a degustar en estos tiempos de frío, de pandemia, de enfermedad, y de muerte de nuestros seres queridos. Aprender de la humildad, de la paciencia, de la inocencia herida, de la libertad aplazada, de la actividad aquietada. Si nos creemos mayores, dueños y señores importantes, porque hemos olvidado la inocencia y la humildad natural de la llamada primigenia de Dios, corremos el peligro de olvidar la fragilidad radical en la que hemos nacido, y errar el camino. 1 Corintios 6: "No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!" No eres propietario. Sólo Dios. Sólo eres un humilde servidor. Han comprado tu inocencia y libertad natural con la sangre del Amado, y nos ha constituido en amantes. Por eso, podemos glorificar con nuestros cuerpos, y entregarnos con gozo, gusto, felicidad, naturalidad. Él va delante, nos precede, nos llama y nos encuentra.

¿Somos nosotros los que le encontramos? No. Él ya nos tenía vistos, mirados, examinados. Juan 1: "Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)." Jesús te conoce, te asigna un nombre. Pero, quizá no le prestas atención. Y fácilmente acabas doblegándote a tus ídolos, tus dineros, tu poder, tu ideología, tu violencia, todo entremezclado, con los que piensan como tú, tus planes, tus intereses o tus afecciones; e, incluso, confundiendo todo eso con el mismo Dios. Y acabas, acabamos adorando a un dios menor, devaluado, sin sal, sin gracia, y tantas veces rechazado por muchos. ¡Vuelve a la inocencia!

Antonio García Rubio.

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